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3.29.2007

Tu primera comida, chispas

Amigos, he decidido empezar a etiquetar mi blog y esta historia, relacionada con mi chico, va a ser la segunda entrega de "La parienta".
A todos nos pasa que, de primeras, queremos causar una grata impresión a la persona que nos interesa e impactarla con nuestras virtudes, no? Pues yo tengo una virtud que, según mi abuela (sí, la que me daba pan con vino y azúcar de merendar) es infalible para conquistar a un hombre: cocino de puta madre...a veces.
Bien, pues ocurre que hacía poco que conocía a C. y se me ocurrió invitarle a comer (siempre fui más de comidas que de cenas) en mi casa.
Yo pensé: a ver, éste tiene pinta de tener buen saque: que se venga a casa a comer, le dejo flipado con mis aptitudes culinarias, le narcotizo a base de Riojas y fijo que repite!!
Qué osada es la ignorancia!!!
Hacía un par de semanas que había vuelto de Roma de visitar a un familiar y me vine con alguna de las típicas viandas italianas: parmesano auténtico (no el del Mercadona), un panetone, pasta de todos los colores...en fin tipo Paco Martinez Soria cuando viene a Madrid con la gallina bajo el brazo...
Tengo una teoría respecto de los italianos que coincide bastante con las expuestas por Schopenhauer (no pienso entrar en datalles, que bastantes problemas tengo ya) y que incluye desconfiar hasta de cuando les pido la hora...bien, pues trayéndome la comida estaba violando mis principios...y a qué precio.
Vuelvo a aquel día que debía haber sido perfecto en el que yo invito a comer a C.
Para dejarle flipado, decidí tirarme el pisto y decirle que había aprendido la AUTÉNTICA receta del pesto (ya ves tú: machacar hoja de albahaca, pero en fin, queda muy guaysss decirlo) y que le invitaba a un plato.
El pobre se vino a comer.
Yo ya tenía la lata de pesto abierta y vertida en una sartén como si hubiera estado currando en la salsa toda la mañana.
Pues nada, que comimos. A mí me supo un poco raro, pero comestible. A él le encantó (o eso me dijo).
La cosa empezó a ponerse fea a la hora del café.
Desde el otro lado de la mesa yo podía oir las tripas d C. rugir, al tiempo que las mías se desperezaban.
Con la cosa de que, sobre todo al principio, no está fino tirarte media hora en el WC, empezamos a disimular ambos, subiendo el tono de voz para encubrir las protestas de nuestros estómagos. Por supuesto, a la hora o así de comer, nuestras pieles empezaron a adoptar un tono enfermizamente gris y, para alivio mío, a la media hora, el pobre C. puso una excusa y se piró medio corriendo (lo ví por la mirilla).
El resultado del puto pesto fué un cólico de tres pares de cojones y la decisión de no volver a fiarme de las latas romanas.
Por cierto, a C.le convencí de que no había intentado envenenarle y repitió muchas veces y con mejor fin.